Esa mañana nos despertamos con el ruido de un choque. Esa semana había sido muy callada. Yo caminaba y hablaba moviendo las manos para aprender mis líneas en los rincones solitarios de la casa. Ella elaboraba su informe de fin de año despejándose de todo elemento sobrante capaz de interrumpirla. La casa no estaba muy ordenada, teníamos mucho trabajo. A veces cruzamos palabras sobre cosas sin importancias para acompañarnos. Ella me daba mis pastillas. Sorbía de aquel vaso cristalino que brillaba en la oscuridad, luego dormíamos. Tenía la manía, esa manía de la limpieza; no limpio, reluciente, decía. Con los años me había adaptado. Ella había aprendido mis manías del desorden. Por eso la casa estaba como ella y como yo. Nos levantamos incompletamente, apenas moví las limpias cortinas para ver. Una señora de edad salía del auto chocado con las greñas alborotadas. Un hilo de sangre corría por el borde de su boca. El frío de la calle quería penetrar a este cuarto. En esa quietud, la señora logro abrir los ojos para mirarme, pero yo los cerré inmediatamente. Temblaban sus ojos y sus manos, en esa mañana humedecida y aplacada. La señora era ayudada por el generoso e infiel panadero bonachón y su colega espigado de nariz filuda. A nosotros todavía nos faltaban milenarias horas de sueño. Camila Casas Salaverry me miro viva, muerta, sana y exhausta, porque yo no la dejaba de mirarla. Pero más allá de una respuesta tenías muchos síntomas. Parece que leía en sus ojos marrones la misma interpretación de mis negros ojos. Al fin y al cabo nosotros no fuimos gente buena en esta vida. Deja Camila, deja que pase, pensé por ella… solo éramos gente simple y silenciosa. Luego de prestar atención a la calle. Me observe. Solo tenía una trusa gastada, ella llevaba esa pequeña calzoneta celeste que translucía un poco esa piel bronceada y tibia. Se acercó a mí con sus suaves muslos algo desganada, y me cogió de la mano para caminar a la cama. Las sirenas dejaban de sonar regresándonos al reposo. Cerramos las ventanas entreabiertas para ocultarnos de esa mañana que filtraba su luz y su humedad en nuestros rincones, y nos volvimos a cubrir debajo del edredón. Nunca discutimos sobre el alto costo del gigante edredón café. Mire el techo, ella se abrazaba a mi pecho para dormir, daba algunas vueltas, para luego terminar arropándose al costado de mi hombro. Poco a poco retomábamos la mansa quietud. La muerte solo estuvo de paso, ahora se asentaba. Todo parecía limpio y algo desordenado en el cuarto. Casi, o cerca al sueño nos quedábamos de camino a la bondad de nuestro silencio. A nuestra solitaria y honda calma robada. De pronto las ventanas se partieron, la humedad destrozó una a una las maderas del cuarto. El fétido olor como humedera, se acrecentaba debajo del suelo, entre las paredes roídas y negras por el gran incendio. El rostro de Camila se arrugó hasta desaparecer, antes me dijo con su antigua y dulce voz: No abras la puerta. Ella no debe estar aquí, hay que rezar por la señora, este no es su lugar...
¿Hasta cuando Ramiro?, pensó. Esa fría y húmeda mañana aparecía la vida y la muerta al mismo tiempo, como todos los días y Ramiro se volvío a hacer la misma e infeliz pregunta, con esa ira comúnmente contenida ¿hasta cuándo? cansado el mismo de decirse muchas cosas, se dijo así mismo: Ramiro Prietto Ordinola, es momento de dejarla ir. Mira bien tu cuarto… esta vacio, tu cama está sucia, y tú, tú, estas muy solo ¿por qué has dejado que te pase esto? A lo que el mismo se respondió luego de tres largos y dolorosos años: No Ramiro, ella no está muerta, el muerto eres tú, … Ramiro, hola, se dijo una vez más… a mi no me hubiese gustado verte así, sabes, creo que la señora que acaba de morir es como para tu vuelvas a vivir. Sécate las lágrimas, se dijo Ramiro una vez más, hasta que su boca se volvió a humedecer por ese nombre.
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