Doblando en la esquina empinada, al costado de la sombra, la acera se quebraba. Lo primero que salió de la penumbra fue tu rostro desnudo y blanco, como la luna en el oscuro cielo. Porque tu cabellera azabache, rizada, y larga seguía de noche. Tus curvas se acercaban a mí, hasta que me saludaste moviendo todo tu cuerpo con tus delgados labios escarlata. Lo primero que me enseñaste fue tu dedo delgado y ensangrentado y tus disculpas por llegar tarde. Te habías cortado con el cierre. Entramos a la tienda, te envolví el curita y cogimos un taxi para el centro de la ciudad. Inmediatamente no sentamos y esperamos a los poetas disparar sus acertijos. Cosa que demoro más de lo esperado. Conversamos con una botella de licor y unos piqueos de carne. Alzábamos la voz mientras hablábamos por la bulla de los pruebas de sonido. El local era una casa de comienzos del siglo 18, con dos salones medianos y uno angosto. Y un par de corredizos muy estrechos que poco a poco se iban abarrotando de nocheros. En el último salón de luz azul está montado un pequeño escenario, algunas animalitos del señor improvisan un blues. En las esquinas de las paredes, a una distancia media, alrededor de las tres salas, tenían fotografías de las principales ciudades latinoamericanas captadas en días barrocos, lúgubres y soleados. En el primer salón de luz amarilla estaba el bar, alguno que otro vampiro infantil lamiendo la noche con sus botellas y sus miradas andróginas. Tenía techos altos y una repisa enorme surtida de los tradicionales licores, con acabados rústicos. En el salón medio, no había luz, era alumbrado por la luz de los salones adyacentes. Tú estabas en medio, sentada en una pequeña silla de madera con esa leyenda de tu mirada, entre tu belleza y tu distracción. Te hice una broma, nos reímos y me sacaste tu lengua juguetona para picarme. En cuestión de minutos te podía morder la boca. Un segundo de distracción y tenia tu miel derramada en mis labios, batiendo nuestras serpientes. Los poetas comenzaron a ser convocados por el altavoz, por un ser liliputiense, cejudo y con voz temblorosa. Era una selección variopinta de raros especímenes. Galápagos con lentes antiguos, erizos, góticos, barbudos, resentidos y escamosos. Salamandras afeminadas con gorros y chaquetas despintadas. Me preguntaste de forma viperina y déspota por la chica con la que salgo hace un mes. De donde era, en que trabaja, como así, se le ocurrió salir conmigo, porque tenía baja autoestima. Luego te pregunte por tu pareja, y antes de empezar a joderte, vi tu rostro desencantado. No eras feliz, pero lo querías. Quizá tenías problemas por tu carácter, pero a veces la felicidad raya en lo innecesario, si te sabes acomodar bien, un acompañamiento circunstancial y cierta compatibilidad hacen todo más digerible. El primer poeta escupió formulas, leyes, sombras negras de su pasado insustancial. Decía: en una playa de Miami se encontraría junto a su abano y a su apatía. El segundo poeta de mejor voz y entonación, dibujo mejores espacios, con la naturalidad de un avestruz intelectual y anacrónico. Ligero y bello, con más sentido que lucidez. El tercer poeta, era más bien afiebrado, incongruente, iletrado y radiante en su prosa. Pienso que cualquier ovíparo lucybell o mamífero Hardcore con algo de sentido común, gracia y estilo, se soplaba a toda el público. Con un poema improvisado y una entonación mejor teatralizada los hubiesen hecho a todos: agua, carbón, y polvo. Tus cejas negras son líneas que me llevan a tus cabellos o que me llevan a tus ojos negros cubiertos de sombras negras, tus muecas disforzadas, tu forma desnuda de dormir, tu forma de vestir en las mañanas con el laberinto de tus rizos, tu piel descubierta, tu forma estilizada y desgastada de caminar, tu silbido nocturno, tu forma desatada de besar. Es inevitable dejar de pensarlo cuando te miro y conversamos. No… mejor no me mires así te advertí divirtiendome. Nos reímos porque antes de irnos una pequeña poetisa con peinado apache, brinco al palco. Primero cogió con sus dos pequeñas y chuecas manos sus pergaminos. Y grazno el inicio con una voz tenue. Luego termino sus palabras casi rompiéndose en aullidos. No importa lo que dijo, si no como lo dijo. Pero algo de lo que dijo me causo más que zozobra, arcadas: ‘’el hombre no puede estar solo, el nunca podrá estar solo, se reventaría como…Dimos por terminado el festival, nos tomamos las ultimas cervezas y huimos a la calle. Caminamos unas cuadras. Hacia frio, te cubrió con mi chaqueta y te abrace para andar. Nos abrigamos más cuando tomamos el bus y nos metimos en su panza caliente. Luego de unas cuadras bajamos a buscar tu casa y mientras nos alejamos de la avenida, dejamos también las luces y los ruidos de los carros y los locales nocheros para adentrarnos en la oscuridad de sus calles angostas y altas de edificios antiguos. Me enseñaste un pequeño animal que vive cerca de tu nueva casa. Yo te cogí de la cintura y tú seguiste hablando de sus ojos. No estabas resignada a portarte bien, así, no nos habían criado. Posiblemente no hubiese pasado nada y todo hubiese seguido como antes, pero la música siempre se tiene que destemplar para que suene mejor. Cada cosa debe tener su momento en la noche. Viste al igual que yo, a unas cuadras de tu casa, un estrecho con un barandal y una sombra adecuada. Caminabas junto a mí, y movías de forma solidaria tus labios para hablar. Sabíamos lo que teníamos que hacer. Apenas alcé tu blusa por la cintura para sobar un poco de tu piel con mis dedos, mientras caminábamos. Antes de dejarte en casa de tu enamorado, a unas cuadras cerca a un edificio antiguo, te acerque a mí, mirandote a los ojos, y te apreté los labios para despedirme. Los músculos de nuestros labios guardan un poder cuando se juntan y se rompen en la noche. Primero somos toscos y luego giramos la cabeza para ser intensos y prolongados hasta quedarnos prendados de las manos, con nuestra piel abierta. Me gusta como mueves tu ancha y jugosa lengua para dar un beso. Recuerdo cada corpúsculo de ti. Tu circulación empalmada y húmeda. Tus agallas para despreciarme. Tú, todavía me mirabas con indiferencia y apego, esperabas que yo sea alguien mejor, te jodia que solo tuviera dinero para sobrevivir. Fuimos a un festival de poesía, había profetas de plazas, fábulas, acertijos, iluminados que alistaban a sus mejores herejes dispuestos a dar su vida por una palabra mistificada. Demandaban, enajenaciones, yerro absoluto y natural para el festival de sus edictos. Pero demasiada belleza atosiga y provoca arcadas. Toda exageración desacredita, para efecto de la primaria impresión vital. El arte siempre rompe algo dentro, y eso es saludable. No lo oscurece, ni lo empalaga. Creo que tú tenías un arma lista para dispararme, por eso aun te perseguía. Recuerdo ese verano de nuestros bosques, fuera de la ciudad. Mientras nos frotábamos la piel, nos abrazábamos desnudos, uno tras otro para observar a nuestros animales, mirando la luna húmeda y radiante. Fumábamos un porro de marihuana blues. Desprovistos de nosotros, dueños de nuestra mismidad, poníamos los pies bajo la luna y sus mareas, con mis manos dentro de tus paisajes. Nada iba a cambiar amor, solo éramos náufragos, escapistas con un festival de poesía en nuestros labios.

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