
Mire el cielo, la noche era muy negra por eso las estrellas se lucían mas. Atrás se podía escuchar a la gente aullar por el año nuevo. Habían instalado luces de neón y ráfagas de luminiscencia y estas al girar se alineaban con las estrellas, la multitud, los pedregales, la orilla y todo el mar en su complejidad como si todo formara parte de un espectáculo desde la playa hasta el océano. Se había erigido de improviso una especie de fiesta gigantesca. Yo le dije que me mirara de frente, estábamos un poco lejos del bullicio, a unos 60 metros, cerca de la orilla. Me gustaba ver los pequeños lunares que cubrían su rostro, su mirada picara, sus ojos inquietos. La lleve cerca de la orilla, ella estaba sentada encima como entrecruzados. Luego de volver a mirarla por uno segundos más la volvía a besar y le dije: tú crees que a la noche le guste que se besen en el mar bajo la luna. Ella se rió de mí y nos seguimos peñizcando besos. A lo lejos los bombardas no paraban de reventar, parecía que las 1500 almas atrás se volvían más locas a cada segundo, algunas personas acudían a la orilla para realizar sus ritos desnudos, habían también alguno que otro feliz suicida que intentaba nadar hasta cansarse. Ella dijo.
-Una noche nueva puede nacer cuando dos se besan por primera vez… y nos volvimos a besar. Podía oler la flora y la fauna de las salvajes masas de agua que no dejaban de moverse. El viento besaba nuestra piel, yo no me quejaba de nada, tampoco ella. Estábamos un poco a oscuras por que había algo de neblina pero con las morteros que estallaban cada minuto en el cielo podíamos ver todo el mar encenderse y sorprender a las individuos que se asolapaban como nosotros para realizar sus maromas. Cuando me anime para llevarla a la orilla, primero atrapé su mano, luego la cargue hasta el mar. Las aguas cerca a la orilla se vertían por entre nuestra piel como minúsculas olas de Coca Cola después de agitarse. La volví a mirar y le cogí el pelo para poder treparme de sus labios de albaricoque. La acerque más a mí, enredando nuestra piel junto al mar. Ella se reía y se acomodaba conmigo. Rodamos cerca de la orilla como niños inquietos. Que sea especial me dijo, ladeo un poco su cuello y pude atrapar el tibio vapor del perfume de sus cabellos, luego la abrasé. Ese día no lo teníamos que hacer, esta vez no sería el típico apurado pensé y la volvía besar para abrigarme con su aliento. Es un buen comienzo de año le dije, volvimos al silencio. Semanas atrás no pensaba realizar ningún viaje, pensaba doparme en casa hasta quedar un poco inconsciente, creo que andaba distraído. Seguimos al lado del mar por más tiempo, a veces la neblina nos dejaba ver la luna reflejada en el mar. Ese mismo día dude de ir a ese campamento por qué no yo no conocía a los amigos de ella pero luego eso me pareció genial. Ellos eran unos tipos más jóvenes, por consiguiente más alegres, así como yo solía ser. Ella no era como yo en lo más mínimo, yo no era como ella, éramos muy diferentes, eso me agradaba. Nos levantamos del mar y dejamos la orilla para buscar a nuestros nuevos amigos entre la multitud y la bulla. De retorno a Lima recordé la frase máxima de Felipito Abbondanzieri el viejo, desdentado y espigado argentino-cosaco que solo sabia tomar y hablar admirables estupideces: lo que pasa en el verano con las minas…. se queda en el verano no seas hijo puta!. Su frase rondaba mi cabeza pero yo no me despeina aun.
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