
Anoche soñé contigo. En las orillas de esa ciudad había un pequeño barranco. Caminamos separados haciendo maromas, pisando las flores, ocultándonos de la gente, con ese silencio irónico que imita a los clawus Llevabas un sombrero negro y grande, yo era un flaco alegre y estúpido, tu tenias una falda escocesa pantis y una chalina grande que a veces cubría tu cara blanca de ángel excomulgado.
Me sugerías con una risa amigable que no guardara esta noche, pero tú eras eterna a cada minuto con tus rizos azabaches, con la luz de tus ojos oscuros, con tus lágrimas negras, con tus pezones rojos. Impulsiva y radiante
Tenias algo de frió, rápidamente te cogí por detrás urdiendo mis manos abajo de tus suéter café, abrigando tus pechos erectos y tibios. Te cubrí con mis manos, acerque mi boca a tu cuello. Tu mítico perfume te hacia mágica puta e intocable. Tu nombre era flor y eras como un milagro extraño, santa como María, puta como Sofía, eras bella, tan bella Soledad, tan bella y perturbadora que a veces tenía que hacerme el idiota para no distraerme tanto de ti, eso te gustaba porque y tu pensabas que yo era algo indiferente.
Mirábamos la noche asombrados porque teníamos muchas ganas de todo pero no sabíamos en absoluto que hacer a acepción de mis constantes erecciones. Siempre tarareabas esa tonta canción de dos y más. Tratábamos de animar esa justa distancia entre nuestros labios, avivando ese deseo que descansaba en el borde de tu boca, te acercabas a mis labios cantando y te ibas, luego te recogía por que nos caíamos de drogados.
Guarda esta noche te dije y te beso despacio, tus deliciosos labios húmedos se separaron de mí y te reíste porque pretendí ser educado. Te pusiste seria e irónica, me oliste el cuello yo te cogí la cintura, tiraste mis manos y me empujaste diciéndome que no querías nada, yo te cogí mas fuerte y te bese. Tú me seguiste, luego me botaste. Yo me reí contigo, luego te mire, te diste algo de miedo por ser como eres. Te cogí de la mano, la apretaste fuerte y vagamos por el barranco.
Fuimos cerca de los rieles del tren, la noche había congelado los fuegos de su metal, y nos tiramos en ese viejo pasto, de un verde muy muerto, para ver marchar a los elefantes blancos de la noche que caminaban soplando cerca de la luna.
Cerca al barranco, la noche no ocultaba nuestros deseos, la única estrella que brillaba tímida de luz creció al borde de tu piel. Tú la sacaste con las yemas de tus dedos y te descubrí nerviosa como la brisa. Recuerdo que nuestra poca moral se humedeció. Me soltaste y te pusiste a bailar desquiciada y feliz, nadie te iluminaba pero tenías un poco de luz. A veces pienso que solo te quise a ti por la forma en que te amé. Tu pelo ensortijaba el aire, tu boca me llamaba, tus ojos como dos fogatas me daban su calor. Mucho no hicimos esa noche, yo te alce la falda un poco y te cogí las piernas blancas, y cuando entro un poco de mí en ti, tú me abrazaste y me dijiste que estaba loco. Tu pequeño corazón de manzana se quería reventar. Mudamos los aires y seguimos caminando juntos, parecíamos hermanos sin madre, tú me miraste diferente y me despeinaste los rulos, yo te quise cargas y nos volvimos a caer. Yo recuerdo mucho que tú y yo éramos lo misma cosa, cuando cantábamos en la puerta de tu casa de verano, ocultos bajo ese árbol nocturno para burlábamos de la gente. Me diste un beso más y te volviste a reír. Yo fui muy estúpido y feliz esa noche, hasta que desperté
Me sugerías con una risa amigable que no guardara esta noche, pero tú eras eterna a cada minuto con tus rizos azabaches, con la luz de tus ojos oscuros, con tus lágrimas negras, con tus pezones rojos. Impulsiva y radiante
Tenias algo de frió, rápidamente te cogí por detrás urdiendo mis manos abajo de tus suéter café, abrigando tus pechos erectos y tibios. Te cubrí con mis manos, acerque mi boca a tu cuello. Tu mítico perfume te hacia mágica puta e intocable. Tu nombre era flor y eras como un milagro extraño, santa como María, puta como Sofía, eras bella, tan bella Soledad, tan bella y perturbadora que a veces tenía que hacerme el idiota para no distraerme tanto de ti, eso te gustaba porque y tu pensabas que yo era algo indiferente.
Mirábamos la noche asombrados porque teníamos muchas ganas de todo pero no sabíamos en absoluto que hacer a acepción de mis constantes erecciones. Siempre tarareabas esa tonta canción de dos y más. Tratábamos de animar esa justa distancia entre nuestros labios, avivando ese deseo que descansaba en el borde de tu boca, te acercabas a mis labios cantando y te ibas, luego te recogía por que nos caíamos de drogados.
Guarda esta noche te dije y te beso despacio, tus deliciosos labios húmedos se separaron de mí y te reíste porque pretendí ser educado. Te pusiste seria e irónica, me oliste el cuello yo te cogí la cintura, tiraste mis manos y me empujaste diciéndome que no querías nada, yo te cogí mas fuerte y te bese. Tú me seguiste, luego me botaste. Yo me reí contigo, luego te mire, te diste algo de miedo por ser como eres. Te cogí de la mano, la apretaste fuerte y vagamos por el barranco.
Fuimos cerca de los rieles del tren, la noche había congelado los fuegos de su metal, y nos tiramos en ese viejo pasto, de un verde muy muerto, para ver marchar a los elefantes blancos de la noche que caminaban soplando cerca de la luna.
Cerca al barranco, la noche no ocultaba nuestros deseos, la única estrella que brillaba tímida de luz creció al borde de tu piel. Tú la sacaste con las yemas de tus dedos y te descubrí nerviosa como la brisa. Recuerdo que nuestra poca moral se humedeció. Me soltaste y te pusiste a bailar desquiciada y feliz, nadie te iluminaba pero tenías un poco de luz. A veces pienso que solo te quise a ti por la forma en que te amé. Tu pelo ensortijaba el aire, tu boca me llamaba, tus ojos como dos fogatas me daban su calor. Mucho no hicimos esa noche, yo te alce la falda un poco y te cogí las piernas blancas, y cuando entro un poco de mí en ti, tú me abrazaste y me dijiste que estaba loco. Tu pequeño corazón de manzana se quería reventar. Mudamos los aires y seguimos caminando juntos, parecíamos hermanos sin madre, tú me miraste diferente y me despeinaste los rulos, yo te quise cargas y nos volvimos a caer. Yo recuerdo mucho que tú y yo éramos lo misma cosa, cuando cantábamos en la puerta de tu casa de verano, ocultos bajo ese árbol nocturno para burlábamos de la gente. Me diste un beso más y te volviste a reír. Yo fui muy estúpido y feliz esa noche, hasta que desperté
0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada